Tag Archive: Literatura argentina


Muertos de Amor

 

Jorge Lanata

 

Alfaguara, 148 pp.

 

 

Buscando emular al Che Guevara, el periodista argentino Jorge Masetti intenta fundar una guerrilla en Argentina. En realidad, es el mismo Guevara quien seduce al comunicador a que lo haga, nombrándolo como “Comandante Segundo” y explicándole todo lo necesario para la creación de un movimiento revolucionario en su país. Ya en su tierra, Masetti va encontrando que el principal enemigo a vencer no es el gobierno de la época (1963) sino la ignorancia, no sólo del pueblo, que no sabe leer ni escribir y por lo tanto no comprende los manifiestos de la guerrilla, sino también de los propios militantes, 37 en total, que no saben por qué están ahí.

 

Una guerrilla que tan solo disparó los tiros de entrenamiento, que nunca tuvo enfrentamientos contra el ejército o la policía y que cobró dos muertos, supuestamente traidores, y que cuando menos lo pensó se encontró infiltrado por la Federal que despertó a todos de ese sueño.

 

Lanata, fundador de Página/12, nos narra a partir de cartas, testimonios de los participantes en ese intento y situaciones de ficción, cómo se desarrolló y terminó ese ideal. Por momentos la lectura se hace difícil pues no hay una linealidad establecida y, en ocasiones, no se define cuál personaje hace las veces de narrador. De cualquier manera, “Muertos de amor” es un texto que nos pone de manifiesto un hecho en la historia que pocos conocíamos y cómo cuando algo se ama intensamente, la razón queda cegada y nos impide ver la verdad de los hechos.

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El desván

 Cuentos de fútbol argentino
Selección y prólogo de Roberto Fontanarrosa
Alfaguara

Hace 10 años Alfaguara publicó una selección realizada por Roberto Fontanarrosa sobre fútbol argentino. En total son 18 historias que invitan al lector a meterse en la cancha donde literatura y balompié juegan de tú a tú. En este singular partido, en el que todos son titulares, podemos ver la forma en que en Argentina el fútbol ha logrado permear todas las instancias artísticas, definiendo diversos estilos llenos de jugadas maestras.

Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges se unen para dar el puntapié inicial en un particular relato en el que revelan que el fútbol no existe, que los jugadores son ficticios y los partidos son obras de teatro narradas en radio y representadas por actores para la televisión. En este punto viene un salto a la realidad, por lo menos eso me ocurrió a mi, para pensar hasta que momento el deporte del fútbol se ha convertido en una obra de teatro con tanta zancadilla y fingimiento de faltas.

De ahí en adelante las jugadas se trenzan entre diversos personajes, como el caso de un jugador que en un partido, ante los abucheos del público, convierte los goles y le hace gestos a la hinchada para que no los celebre pues él está en todo su derecho de marcarlos o no; igualmente asistimos a una fantasía grupal, un partido Brasil – Argentina en un campeonato Mundial: ante un apagón, un hombre con walkman se encarga de convertirse en el “narrador de Hamelin” y narrar un partido que lleva a la euforia a toda la ciudad, pensando que la selección albiceleste ha triunfado, cuando el resultado es contrario.

Pero, tal vez, el cuento que más me llamó la atención y que realmente me hizo erizar la piel fue el de un niño, que decide jugar a ser Frankenstein con tal de resucitar a Maradona, fallecido en accidente automolístico. Una historia en la que podemos decir que lo escrito por Alejandro Dolina en la contratapa de esta selección es cierto: “En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios”.

18 textos, 18 seleccionados por Fontanarrosa para jugar un partido inolvidable de fútbol y literatura.

 

 

Jóvenes sin futuro

Los suicidas del fin del mundo

Leila Guerriero

Tusquets, 230 pp.

 

A fines de los años noventa, una ola de suicidios conmovió a Las Heras, un pequeño pueblo petrolero de la provincia de Santa Cruz. La mayoría de los muertos tenían alrededor de veinticinco años y eran habitantes emblemáticos de la ciudad, hijos de familias modestas pero tradicionales. Sin embargo, la lista oficial de esos muertos nunca fue confeccionada.

 

Este libro llegó a mis manos dos años después de su publicación, luego de una serie de charlas literarias en las cuales participó Guerreiro. Realmente me fascinó la forma en la que la periodista va narrando su recorrido por las calles de Las Heras, sus encuentros tanto con las familias como con algunos pintorescos personajes que allí residen, y poco a poco va envolviendo al lector en esta historia real pero que parece más bien una novela.

 

Que los suicidas hacían parte de una secta, que existe una lista en la cuál estaba indicada la fecha y hora de las muertes… muchas conjeturas que, a través de los relatos de los habitantes de Las Heras, nos van mostrando que el único hilo que unía a esos jóvenes era que no vislumbraban su futuro y de ahí el desenlace funesto.

 

A pesar de todo, estos suicidios siempre fueron indiferentes para las autoridades y la prensa argentina. Nunca se publicó nada en los principales diarios del país y por lo tanto poco se hizo para encontrar una solución al respecto. Luego de la visita de Guerriero, los suicidios continuaron y seguramente han seguido sucediendo.

 

La Autora

 

Leila Guerriero nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1967. Comenzó su carrera periodística en 1991, en la revista Página/30, y desde 1996 es redactora de la Revista del diario La Nación, de Buenos Aires. Sus textos han aparecido en diversos medios de Latinoamérica y España, entre otros Rolling Stone Argentina, Gatopardo, Travesías, Letras Libres, Paula (Santiago de Chile), Las Ultimas Noticias, Lateral, El Malpensante, Sobo, Milenio, El País (Montevideo), revista del diario El Universal (México), Etiqueta Negra, El Mercurio, Courier Internacional y revistas culturales argentinas como V de Vian, Barrio Jalouin, Latido y Lamujerdemivida. Participó junto a otras escritoras y periodistas, del libro Mujeres Argentinas (Alfaguara, 1998).

Lo que pudo ser y no fue

Muertos de Amor

Jorge Lanata

Alfaguara, 148 pp.

 

Buscando emular al Che Guevara, el periodista argentino Jorge Masetti intenta fundar una guerrilla en Argentina. En realidad, es el mismo Guevara quien seduce al comunicador a que lo haga, nombrándolo como “Comandante Segundo” y explicándole todo lo necesario para la creación de un movimiento revolucionario en su país. Ya en su tierra, Masetti va encontrando que el principal enemigo a vencer no es el gobierno de la época (1963) sino la ignorancia, no sólo del pueblo, que no sabe leer ni escribir y por lo tanto no comprende los manifiestos de la guerrilla, sino también de los propios militantes, 37 en total, que no saben por qué están ahí.

Una guerrilla que tan solo disparó los tiros de entrenamiento, que nunca tuvo enfrentamientos contra el ejército o la policía y que cobró dos muertos, supuestamente traidores, y que cuando menos lo pensó se encontró infiltrado por la Federal que despertó a todos de ese sueño.

Lanata, fundador de Página/12, nos narra a partir de cartas, testimonios de los participantes en ese intento y situaciones de ficción, cómo se desarrolló y terminó ese ideal. Por momentos la lectura se hace difícil pues no hay una linealidad establecida y, en ocasiones, no se define cuál personaje hace las veces de narrador. De cualquier manera, “Muertos de amor” es un texto que nos pone de manifiesto un hecho en la historia que pocos conocíamos y cómo cuando algo se ama intensamente, la razón queda cegada y nos impide ver la verdad de los hechos.

La conquista al revés

Acaba de ser publicada en Colombia la novela “El conquistador”, del argentino Federico Andahazi, un relato en el que se nos muestra el descubrimiento al revés, es decir, un indígena llega a Europa con el objetivo de conquistar nuevas tierras, justo antes de que Cristóbal Colón emprenda su viaje al nuevo mundo. Una narración muy ágil lleva al lector de principio a fin en esta travesía de Quetza desde Tenochtitlán hasta Huelva, su encuentro con los reyes y su regreso.
Durante su visita a Bogotá, tuvimos la oportunidad de conversar con el escritor y esto nos dijo.
¿Cómo llega usted a la historia que narra en “El conquistador”?
Bueno, yo siempre digo que una novela nace de un hecho fortuito. De hecho hace unos años estaba en México, en el DF, y recorriendo uno de esos fantásticos murales de Diego Rivera descubrí un fragmento muy enigmático, muy interesante, donde se ve una antigua embarcación mexica tripulada por un personaje muy llamativo y detrás de ese personaje se veía un sol invertido, con el rostro invertido, y creí ver en los elementos de este fragmento un relato, de hecho esta barca estaba navegando hacia el levante y me pregunté ¿Qué pasaría si esa barca hubiese llegado a tierra española, de donde salieron los conquistadores? ¿Qué pasaría si ese sol invertido fuese la inversión de la historia? De manera que fui dándole forma, a partir de este pequeño hallazgo, a un relato que nos narra la historia de un descubrimiento pero en términos invertidos, es decir, como poner un espejo frente a España, un espejo frente a Colón, frente a Magallanes y llevar hasta las últimas consecuencias esta hipótesis.
¿Cuánto tiempo le tomó la investigación?
Muchísimo tiempo. Desde que descubrí ese fragmento hasta que publiqué a final del año pasado en Argentina, han pasado por lo menos siete años, pero intercalado con otros trabajos. Pero lo más trabajoso de la investigación no es la investigación en sí misma, la recopilación de documentos, sino decidir que queda y que se elimina porque después de tanto tiempo resulta doloroso eliminar algunos documentos, pero hay que tener en cuenta al lector. Si no se eliminan ciertas cosas, quedaría una novela de 900 páginas y sería una crueldad con el lector.
Además de la investigación documental, ¿también hubo viajes?
Sí claro, viajé varias veces a México y a España. De todos modos creo que para la reconstrucción de los escenarios esos viajes no son de mucha utilidad, porque la intención del libro es que el lector pueda recorrer la antigua ciudad de Tenochtitlán, recorrer los templos, navegar por los canales, era una ciudad grandiosa, la descripción que hace Hernán Cortés lo muestra sin palabras para describirla y la destrucción, creo, fue acorde con esa admiración porque los españoles mientras más admiraban algo más se empeñaban en destruirlo. De manera que, como digo, la intención es que el lector, más allá de los viajes que hice, sea parte de ese viaje, que puede recorrer Tenochtitlán, embarcarse con Quetza y hacer esa aventura, que descubra Europa con los ojos vírgenes de quien llega de otro mundo.
¿Qué relación tiene “El conquistador” con sus otras novelas?
Lamentablemente soy el mismo autor, de modo que el lector va a percibir las mismas inquietudes. Es muy pariente de “El anatomista”, porque también habla acerca de un descubrimiento, que es una constante de mis novelas. Esta obsesión por descubrir es porque la literatura nos revele finalmente que no hay descubrimiento posible, porque una vez realizado el descubrimiento surge una nueva pregunta, y eso es lo que hace que la literatura siga persistiendo, esa irresolución del enigma de la existencia.
Sus novelas se desarrollan en un contexto histórico lejano, ¿cómo las ubica en el mundo contemporáneo?
Toda novela es una metáfora de la actualidad. Si uno examina cuáles son los elementos que constituyen “El conquistador”, se encuentra con elementos similares a la actualidad. Cuando Quetza llega a Europa se encuentra con un conflicto que es el que deriva en el descubrimiento de América: España estaba expulsando a los moros y los musulmanes bloquean el acceso de España a oriente y por eso los españoles intentan una vía alternativa y se tropiezan con América, esta al menos es la historia oficial. Pero es curioso que ese choque de culturas, de religiones, después de tantos siglos se haya reeditado o no haya cesado, hay un estado de guerra permanente que es lo que muestra “El conquistador”.
Con “El conquistador”, usted ganó el año pasado el Premio Planeta. Para un autor reconocido, ¿cuál es la necesidad de participar en un premio como éste o como el Alfaguara?
Hace 10 años, cuando era autor inédito y tenia que recorrer las editoriales peleando contra la indiferencia de los editores, presenté mi primera novela “El anatomista” al concurso de la Fundación Fortabat y al concurso Planeta. Para mi asombro, un día me llaman de la editorial y me entero de que estoy entre los diez finalistas pero al día siguiente me llega una comunicación de la Fundación Fortabat anunciándome que había ganado el premio, por lo que me veo obligado a retirarla del Planeta. Después la mentora de la Fundación Fortabat se vio escandalizada por el contenido del libro, dijo que era pornográfico, de modo que me retiró el premio, me dio el cheque pero no conocí al jurado ni hubo ceremonia, entonces me quedé sin los dos premios. Cuando pasaron 10 años dije que el Planeta no iba a ser una asignatura pendiente y, bueno, apelando a un seudónimo me presente al concurso. Así como en otros tiempos me presentaba con un seudónimo para que el jurado pensara que era alguien con trayectoria, esta vez me presenté con un seudónimo para que no sospecharan quién estaba detrás porque seguramente si el jurado hubiera sabido que era yo, no me hubiera ganado el premio.
Hace un par de años publicó “Mapas del fin del mundo”, novela que fue co escritas con los lectores del diario El Clarín de Buenos Aires. ¿Cómo fue esa experiencia?
Agotadora pero grata. Me dio la oportunidad de ver como piensan mis lectores y descubrir que uno tiene que hacer muchos escuerzos para estar a su altura. A partir de ahí pude ver que el lector no es una entidad pasiva, como suponen muchos. Pero quien desde luego le otorga sentido a una obra es el lector, por eso es interesante poner a ese lector en el papel de escritor.
En una entrevista dijo que, a pesar suyo, los lectores decidieron el rumbo de la novela.
Yo inicié esa novela con un destino que avanzaba hacia cierto lugar y los coautores decidieron tomar otro camino, así que tuve que amoldarme. Fue un ejercicio literario democrático porque debía que encontrar un punto de mayorías también, había que tener eso en cuenta, de modo que fue una experiencia única e irrepetible, sencillamente porque no estoy en condiciones de hacerlo, fue algo titánico trabajar con mil o más lectores.
¿En qué punto de desarrollo se encuentra?
Estoy trabajando en un libro de investigación histórica, mi primer libro de no ficción, que tiene que ver con cierta parte de la historia argentina y toca a casi todo nuestro continente. A diferencia del trabajo de novelista, donde gozo de libertad absoluta, aquí hay que ser muy riguroso, de manera que esto es lo más difícil: atarse a los hechos históricos.