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Tornatore (casi) desconocido

Por: Andrea Echeverri Jaramillo

Las películas de Giuseppe Tornatore suelen ser almibarados melodramas, con ritmo lento y acompasado, llenas de bellas composiciones visuales y narrativas. Salvo Una pura formalidad, donde el suspenso ya había ocupado un lugar destacado, en general sus filmes se centran en pequeñas grandes tragedias personales, sin excesos de violencia, pero con bastante pasión. La más recordada suele ser Cinema Paradiso.

Por eso sorprende La desconocida, cinta realizada en 2006, seis años después de la anterior, la encantadoramente dulzona Malena, y que poco tiene que ver con ella. Se trata, en esta ocasión, de un drama violento por ratos, gélido en otros, y bastante más complejo formalmente, que desde un comienzo se erige en un reto para el espectador, en tanto suelta por retazos fragmentos del pasado de la protagonista, que el cinéfilo debe hilvanar por su cuenta para entender el presente de la historia.

La película cuenta el acercamiento de una joven ucraniana a una familia de joyeros en Italia, a la que accede para cuidar a la pequeña hija de la pareja, que sufre de una rara enfermedad neuronal. El vínculo con la niña es el eje emocional de la cinta, mientras que la serie de misterios que rodean a la mujer son el hilo narrativo fundamental.

Tristemente, el final no se sostiene del todo, y Tornatore decide develarnos explícitamente todo lo que ya nos habíamos esforzado en entender por nuestra cuenta, pero aun así el filme es un buen hallazgo dentro de la cartelera de cine arte y entre la filmografía del director.

La desconocida (La sconosciuta). Director: Giuseppe Tornatore. Reparto: Ksenia Rappoport, Claudia Gerini, Alessandro Haber, Michele Placido, Angela Molina. País: Italia. Año: 2006.

Por: Andrea Echeverri Jaramillo

 

Entre los círculos de críticos, desde antes de su estreno, se escuchaba que Perro come perro podría ser la mejor película colombiana hasta el momento, y hasta la equiparaban con la magistral Amores perros. Seleccionada en festivales tan importantes como Sundance y San Sebastián, gracias a ella –y algunas más- se habla del resurgir de ‘Caliwood’, que constituyó la mejor época del cine valluno, una de las mejores del nacional. Aunque siempre es preferible no hacerse expectativas ante este tipo de comentarios, es imposible que no generen una predisposición particular.

 

A Perro come perro se la vende como arriesgada, un filme que corta el aliento… pero esto es sólo apariencia. De una manera semejante a La sombra del caminante, la propuesta estética en la cinta de Carlos Moreno prima por sobre la narrativa y la argumental (aunque eso fuera mucho más evidente en la anterior). Esto genera un efecto de ‘descreste’, en la medida en que es el look del filme lo que lo hace novedoso, inusual, y por ello interesante. La fotografía es intensa y muy bien conseguida; la dirección de arte, impecable en su estilo de mal gusto y mediocridad perfectamente creados; la inquietud constante de la cámara logra mantener la sensación de angustia todo el tiempo sin llegar a marear ni a aburrir. Y es la vez en que la sangre se ha visto más bella –en el sentido raizal del término- en una cinta colombiana. Sin embargo, no basta. Y eso es lo que finalmente tumba a Perro come perro.

 

El argumento es mucho más simple de lo que parece: un matón de medio pelo –interpretado por Marlon Moreno- se roba una plata del Orejón, un mafioso importante, y lo juntan con otro – Óscar Borda- que mató a un amigo de aquel, precisamente para que recuperen el botín y venguen al muerto. Sin darnos la posibilidad de saber qué pasa en la cabeza de Marlon Moreno –o mejor, Víctor Peñaranda, el gran protagonista-, lo acompañamos en su deambular, en su acorralamiento, y aunque podemos ver su miedo, no nos dan ni una pista de qué alternativas busca, ni siquiera de qué hizo para que su mujer lo abandonara y no quiera saber más de él. En cambio, a Benítez –Borda- nos le metemos en sus sueños para notar la paranoia que siente y los efectos que la magia negra opera sobre él.

 

Pero entre estos dos personajes no hay conexión. Están todo el tiempo juntos, trabajan para el mismo mafioso y se reportan ante el mismo mando medio, pero no hay química, ni conversaciones siquiera que se puedan rescatar. El ladrón y el asesino tienen desarrollos paralelos, sin puntos de giro importantes, con una transformación lineal llevada por los acontecimientos externos, y no por un proceso psicológico singular ni conjunto.

 

Y en cuanto a la forma narrativa, no hay ningún juego. Es una historia lineal, sin saltos temporales ni espaciales; sin sobresaltos ni puntos de vista desconcertantes. En tanto su argumento es violentísimo, eso parece bastar para el trato al espectador, pues la trama se deja entender con facilidad desde la primera secuencia: hay que esquivar la sangre y las balas, hay que limpiarse el sudor de los personajes que riega al público, pero no hay que hacer esfuerzos por atar ningún cabo, todos los dan suelticos en la dirección esperada.

 

También hay que decir que se trata de una película bastante misógina: apenas vemos a una mujer -que no habla- salir y volver a la habitación donde se encuentra con Óscar Borda; escuchamos a otra –que no se ve- alegar y huir de Marlon Moreno; la única que tiene algún protagonismo es la bruja que hace magia negra para acabar con el asesino… ¿Es eso lo que piensa Moreno que se puede decir del sexo femenino?

 

Aunque, pensándolo bien, podría decirse que es una cinta misántropa en general, pues si bien es claramente masculina, no hay un personaje que quede bien parado: todos son traicioneros, tirando a brutos, con pésimo sentido del humor, sin principios… y a todos los acaba matando. Y si nos quiere decir, desde el título, que los hombres son como perros, entonces tampoco es que Moreno piense muy bien de la raza canina.

 

Perro Come Perro. Director: Carlos Moreno. Intérpretes: Marlon Moreno, Oscar Borda, Álvaro Rodríguez, Blas Jaramillo, Andrés Toro, Hansel Camacho, Paulina Rivas, Diego Quijano. Colombia, 2007, 97 min.

 

Por Andrea Echeverri Jaramillo

 

El sabor de la noche (My Blueberry Nights) último filme de Wong kar-Wai, realizado en 2007 implica la incursión, aprentemente definitiva, del cineasta en Occidente. Sus coqueteos anteriores con el otro lado del mundo habían sido numerosos: la música de muchos de sus filmes abarcaba del bolero al rock, y ciertos motivos visuales y temáticos apuntaban hacia este planisferio: el disfraz de la contrabandista, así como los sueños de la tendera –que no para de escuchar “California Dreaming”- de Chung-King Express apuntaban ya a Norteamérica, y el tórrido amor homosexual de Felices juntos tiene lugar entre las calles de Buenos Aires y las cataratas de Iguazú, a ritmo de tango.

 

Pero esta vez el salto es completo. Utiliza un reparto anglosajón, para una historia de camino que atraviesa todos los Estados Unidos, e intenta descubrir la idiosincrasia gringa en la ruta. La protagonista, Elizabeth, interpretada por la cantante Norah Jones, que aquí debuta como actriz, se lanza a la carretera para olvidar al hombre que la traicionó, en un road-movie que, como suele suceder, va paralelo al viaje interior del personaje.

 

De algún modo, ésta parece la otra cara de la moneda de 2046, la hermosísima película que constituye la continuación de Deseando amar, y que narraba el desasosiego de Tony Leung tras haber perdido a su amada, que lo lleva a avanzar sin rumbo por su vida, topándose con diversas mujeres que solo logran recordársela siempre. En este caso, es la mujer despechada la que huye de sí misma para no enfrentarse al abandono, y de paso se aleja de quien podría llevarla hacia el olvido y la nueva dicha, y en el camino encuentra seres diversos, a través de los cuales intenta Wong Kar-Wai develar la personalidad norteamericana.

 

Sin embargo, la mirada foránea no es tan lúcida como habría de esperarse, pues los personajes, a pesar del fantástico casting, se desdibujan en el estereotipo: el forajido urbano, alcohólico y solitario –David Strathairn-, la mujer pasional y agresiva –Rachel Weisz-, la aventurera que se juega la vida para evadir la realidad –Natalie Portman-, generan episodios inconexos entre sí, supuestamente para enseñar a, la protagonista, el camino de vuelta hacia sí misma.

 

El único que se sale de este rompecabezas es Jeremy, un inglés dueño de un café de Nueva York, donde Elizabeth pretende dejarle las llaves a su ex, y es el mayor sustento argumental del filme. Recreado en forma encantadora por Jude Law, le otorga un ritmo cadencioso a la película, el polo a tierra de la protagonista, el objeto de los más bellos planos y el tratamiento estético emblemático del cineasta hongkonés.

 

Porque si hay algo que admirar en esta, como en cualquier otra cinta de Wong Kar-Wai, es el estilo lírico que tiene para crear imágenes, la magia con la que encadena sus largos y profundos planos, sus encuadres particularísimos, en los que nunca se limita al rectángulo del fotograma, sino que lo recorta de mil maneras para crear cuadros propios, y todo esto siempre acompañado de excelente música, y esta película no es la excepción: a la banda sonora de Ry Cooder se suman canciones de todos los géneros norteamericanos, interpretadas por Cat Power, Otis Redding, Ruth Brown, Amos Lee, Casandra Wilson y, por supuesto, Nora Jones.

 

Es entonces una película para disfrutar con los sentidos, más que para interpretar o profundizar, pues argumentalmente se queda corta, es un poco simplista, no logra encajar una trama compleja que parece más bien hecha de retazos. Sin embargo, si no se le pide demasiado, recompensará con creces: es un deleite para la vista y el oído, para dejarse llevar en la contemplación.

 

Los Óscar del 2008

Por Andrea Echeverri Jaramillo

 

No suelo creer en los premios Óscar. En general responden a intereses comerciales y políticos, muy distintos a los galardones ofrecidos por los festivales, en donde rige el valor estético y narrativo. Sin embargo, es difícil sustraerse de las corrientes que hacen pronósticos, comentan y critican a los nominados y ganadores de la Academia cinematográfica norteamericana. Y tengo que admitir que en esta ocasión estuvieron bastante bien distribuidos, a pesar de que, tal vez, este año faltó la contundencia fílmica que se ha dado en otras ocasiones.

 

En esta edición primaron las cintas frías, violentas, de gran intensidad. A la cabeza estuvo Sin lugar para los débiles, adaptación realizada por los hermanos Coen de la novela de McCarthy, No es país para viejos, que se llevó las estatuillas más preciadas: mejor película, mejor dirección, mejor guión adaptado y mejor actor secundario, para Javier Bardem, un español que ya en varias ocasiones ha demostrado que pertenece a las ligas mayores de la actuación –hay que destacar en especial su papel en Mar adentro-, esta vez encarnando a un asesino despiadado que podría haber salido del filme Una historia de la violencia, realizada por Cronemberg el año anterior.

 

Se trata de una película gélida, sin concesiones, que retrata una persecución maníaca por el centro de los Estados Unidos. Una equivocación inicial, la de un hombre que ha encontrado una maleta con dos millones de dólares entre una decena de cadáveres de mexicanos y un gran cargamento de droga, que decide volver al lugar de la masacre, desencadena su búsqueda por parte de un sicario infalible contratado por los dueños del dinero. Sin embargo, éste elimina a sus patrones para quedarse con el botín, que pretende alcanzar a toda costa. Por su parte, un oficial de policía va en busca del asesino, y los dueños de la droga se suman a la contienda. Sin dar el menor respiro, no logra, sin embargo, emocionar, aunque seguramente tampoco era su intención. Es una película con una factura impecable, sin arandelas ni juegos estilísticos, con inigualables interpretaciones, no sólo de Bardem, sino de Tommy Lee Jones y Josh Brolin. Pero no es seguro que pase a la historia.

 

En cuanto a los premios al mejor actor y la mejor actriz, solo se puede decir que fueron bien merecidos. El papel que interpreta Daniel Day-Lewis como magnate en Petróleo sangriento, de Paul Thomas Anderson, no tiene comparación. Su capacidad camaleónica es inigualable: consigue crear un personaje hostil pero seductor al mismo tiempo, calculador e implacable, megalómano y ambicioso, necesitado de afecto pero incapaz de darlo. Éste y el de dirección de fotografía, que también fue merecido, fueron los únicos premios obtenidos por la película, nominada para otros seis galardones. Este film épico no difiere mucho del que se los llevó, en tanto tampoco aporta la menor calidez ni emoción, salvo el placer de la contemplación estética.

 

Por su parte, Marion Cotillard se lució como ninguna en su rol de Edit Piaff, la trágica cantante francesa por excelencia. Su transformación deja a cualquiera boquiabierto, con ayuda por supuesto del maquillaje, que por demás consiguió también su estatuilla, pues hace vívido a este personaje conocido y querido por muchos espectadores. Lo sorprendente aquí es que lo haya recibido una actriz francesa hablando en su idioma, en tanto es sabido que los miembros de la academia, como tantos cinéfilos estadounidenses, suelen ignorar las cintas en idioma extranjero. Y más en tanto había una favorita de todas las cábalas: Julie Christie, por su papel de una mujer con Alzhaimer en Lejos de ella, dirigida por la también formidable actriz Sarah Polley. Y en la categoría de mejor actriz de reparto la estatulla fue para Tilda Swinton, la taimada empresaria de Michael Clayton (otra damnificada, pues perdió en sus otras seis grandes nominaciones). Hay que traer a colación, casi anecdóticamente, que la gran perdedora de la noche fue Cate Blanchett, nominada en ambas categorías, y que daba por sentado, al menos, su premio en la segunda.

 

El que se creía iba a ser el palo de la gala, Juno, apenas consiguió el Óscar a mejor guión original, para su polémica autora Diablo Cody, que creó una comedia ligera, con excelentes diálogos, sobre una adolescente embarazada, para quien su estado no genera todos los conflictos que se podrían esperar. Si bien ha sido el mayor éxito de taquilla de todas las nominadas, y fue una de las pocas bocanadas de aire fresco entre todas ellas, hay que admitir que no les da la talla. En cambio, películas de muy alta calidad, como Expiación y Sweeney Todd, apenas lograron las estatuillas por la mejor banda sonora, la primera, y la mejor dirección de arte, la segunda, merecidísimas en ambos casos, pero insuficientes para sus méritos. El problema aquí radicó, tal vez, en la alta calidad de la competencia: si bien, como comenté al comienzo, podría pensarse que faltó magistralidad para competir a la mejor película, en los ámbitos de dirección, guión y actuación en sus cuatro categorías, la carrera estuvo más que reñida. En esa medida, a pesar de las innumerables pérdidas, no queda mal sabor de boca, porque los que ganaron, lo hicieron en franca lid.

 

(Fe de erratas: en la primera publicación estaba mal escrito el nombre de Sarah Polley, directora de Lejos de ella.)

Por: Andrea Echeverri Jaramillo

 

La atmósfera que consigue Tim Burton en Sweeney Todd, el barbero demoniaco de la calle Fleet es de las más especiales que ha impregnado al cine. Más que en el resto de sus filmes, la influencia del Expresionismo Alemán está presente en cada uno de los planos, incluso en los momentos –recuerdos o ensoñaciones- que parecen felices.

 

Los caracteres están perfectamente configurados, pero es el azar el que los lleva por caminos insospechados. El amor está en la base, por supuesto, pero en la superficie permanece el odio, que todo lo llena de sangre. Aunque es a partir de la muerte que se nutren –literalmente- los personajes.

 

Una atmósfera puramente cinematográfica, en la que la cámara se mueve deliciosamente, la luz, amén del tratamiento realizado en la postproducción, juega de mil maneras a través del celuloide, y el montaje, impecable, resulta a veces sorprendente, enmarca, sin embargo, un musical que reconoce claramente su origen teatral más que fílmico, a pesar de que ya se había hecho una versión fílmica en 1936.

 

No está, pues, Sweeney Todd en la línea de cintas como Cantando bajo la lluvia o Bailarina en la oscuridad, sino en la de los montajes de Broadway, de donde proviene, en donde el escenario hace parte fundamental de la trama, y los personajes cantan cual si estuvieran hablando. La partitura, encantadora como era de esperarse, parte de la original compuesta por Stephen Sondheim, adaptada por Christopher Bond, constituye una de las mayores diferencias con respecto al resto de la filmografía de Burton, en tanto no interviene su habitual colaborador musical, Danny Elfman.

 

Por su parte, la sangre que brota a borbotones durante toda la película, de un color rojo oscurísimo, es la que lleva la batuta en la historia. Y aunque su exceso, unido a su crudeza, parece asestar la puñalada en el ojo del espectador, es allí donde radica la estética total del filme.

 

Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet; Director: Tim Burton; Reparto: Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Sacha Baron Cohen, Alan Rickman, Timothy Spall; Duración: 117 min.; País: EE.UU; Año: 2007.