Una gringa en Bogotá

June Carolyn Erlick

Aguilar, 239 pp.

 

Lo primero que llama la atención de este libro es su título. Causa curiosidad pues son muy contadas las publicaciones de extranjeros, recuerdo recientemente Alerta de terremoto, cuentos de Tim Keppel, un estadounidense radicado en Cali, y algunos relatos que reposan en la biblioteca de mi papá, escritos por ingleses y franceses a finales del siglo XIX en los que nos hablan de una Bogotá sucia, llena de huecos y charcos por todos lados.

 

El libro de Erlick no es una colección de cuentos, es una serie de anécdotas vividas por la periodista en sus diferentes estadías en la capital del país, narradas de una forma muy sencilla, que a menudo puede tornarse sosa. Con el pasar de las hojas nos vamos dando cuenta de que son textos que fueron escritos en inglés y dirigidos a lectores angloparlantes, pues recurre mucho a explicar terminologías, productos gastronómicos y otras cosas nuestras.

 

Más allá de la forma en que esté escrita, lo interesante de estas vivencias es la forma en que asistimos, sin darnos cuenta porque no se pone presente, a la transformación de Bogotá, una ciudad en constante cambio. En diversos pasajes del libro, mi mente no pudo dejar de evocar algunos lugares capitalinos que hoy solo residen allí, en la memoria, pues el apetito constructor ha ido devorando sitios que eran claves para los bogotanos. Así mismo vemos cómo Bogotá es receptora de la violencia en la cual está inmerso nuestro país, una violencia que no nos toca directamente con las balas o las bombas pero sí con los desplazados, los desaparecidos y los secuestrados.

 

Estos relatos de la gringa en Bogotá me hicieron recordar mis años de infancia, cuando se podía salir a jugar a la calle con los amigos de la cuadra y no teníamos problemas, y me hizo también ver cómo nosotros, los bogotanos, nos hemos convertidos en seres indolentes ante la situación de violencia insostenible en Colombia.